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    las deformaciones “moralista” y “determinista” de la concepción del socialismo, que tuvieron su origen en la socialdemocracia de fines del siglo XIX pero hicieron sentir su influjo en todo el siglo XX. Contra el fatalismo histórico de la inevitabilidad del socialismo -que ahora vuelve como su reverso, la imposibilidad-, Löwy se apoya en la evolución del pensamiento de Rosa Luxemburgo y lo mejor del marxismo revolucionario para reivindicar la enorme actualidad de esta alternativa historica, y el lugar de la subjetividad, de una historia donde los hombres tienen la posibilidad de elegir su destino e imponerlo.

    ¿Es el socialismo el producto inevitable y necesario del desarrollo histórico, económicamente determinado, o no es más que una opción moral, un ideal de Justicia y Libertad? Este “dilema de la impotencia” entre el fatalismo de las leyes puras y la ética de la pura intención (1) era el de la socialdemocracia alemana anterior a 1914. Fue superado –en sentido dialéctico: “Aufheben”– por Rosa Luxemburgo, precisamente a través de la formulación en el folleto Junius de 1915, de la célebre consigna “socialismo o barbarie”. En este sentido, tenía razón Paul Frölich cuando escribía que el folleto (cualesquiera que pudieran ser sus errores y deficiencias, criticados por Lenin) es más que un documento histórico: es un hilo de Ariadna en el caos presente” (2). Intentaremos aclarar en líneas generales la significación metodológica de esta consigna, significación que nos parece de una importancia capital para el pensamiento marxista, pero que no siempre fue lo suficientemente comprendida y evaluada.

    Para Bernstein, después de su “revisión” del marxismo en Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia (1899), el socialismo no tiene ya una base objetiva, material, en las contradicciones del capitalismo y en la lucha de las clases (fenómenos cuya negación constituye precisamente el tema central del libro). Le busca, por lo tanto, otro fundamento, que no puede ser sino ético: los principios eternos de la moral, el derecho, la justicia. En este sentido es en el que hay que comprender el último capítulo del libro (Kant wider cant) en el que opone a Kant al “materialismo” y al “desprecio del ideal” del pensamiento socialdemócrata oficial. Esta moral es de toda evidencia ahistórica y por encima de las clases sociales. Para Bernstein, en efecto, “La moral sublime de Kant” se halla “en la base de las acciones eternas y universalmente humanas”; querer encontrar en ellas la expresión de algo tan grosero y vulgar como los intereses de clase de la burguesía serían en su opinión sencillamente propio de la “locura” (3).

    En Reforma o revolución (1899), Rosa Luxemburgo replica al “padre del revisionismo” con una demostración apasionada y rigurosa del carácter profundamente contradictorio del desarrollo del capitalismo. El socialismo deriva de la necesidad económica y, en modo alguno, de ese “viejo caballo de batalla sobre el cual todos los reformadores han cabalgado durante siglos...” (4).

    Sin embargo, queriendo llevar demasiado adelante esta demostración, Rosa no se libra siempre de la tentación del “fatalismo revolucionario”; por ejemplo, al insistir en el primer capítulo del folleto anti-Bernstein en que la anarquía de la economía capitalista “la arrastra a su ruina inevitable”, que el derrumbamiento del sistema capitalista es el resultado inevitable de sus contradicciones insuperables, y que la conciencia de clase del proletariado no es más que “el simple reflejo intelectual de las contradicciones crecientes del capitalismo y de su caída inminente” (5). Desde luego, incluso en este escrito, que es su obra más “determinista”, Rosa insiste en el hecho de que la táctica de la socialdemocracia no consiste en modo alguno en aguardar el desarrollo de los antagonismos, sino en “apoyarse en la dirección, una vez reconocida, del desarrollo y sacar hasta el final sus consecuencias” (6). Esto, sin embargo, no resuelve realmente el problema, ya que Rosa parte todavía de la premisa de que no hay, en último análisis, más que una sola dirección posible, ”la dirección del desarrollo”. La intervención consciente de la socialdemocracia sigue siendo, pues, en cierto sentido, un elemento “auxiliar”, un “estimulante” de un proceso que, de todos modos, es objetivamente necesario e inevitable.

    Si el “fatalismo optimista” es en Rosa Luxemburgo, en 1899, una tentación, constituye, en cambio, en Karl Kautsky, el eje central de toda su visión del mundo. El pensamiento de Kautsky es el producto de una fusión maravillosamente lograda entre la metafísica iluminista del progreso, el evolucionismo socialdarwinista (7) y un determinismo seudo “marxista ortodoxo”. El inmenso poder de persuasión que esta amalgama ejercía sobre la socialdemocracia alemana, haciendo de Kautsky el “Papa” doctrinario del Partido y de la

    En Kautsky, pues, la problemática de la iniciativa revolucionaria tiende a desaparecer en favor de la de las “leyes de bronce que determinan la transformación necesaria de la sociedad”. En su libro más importante, El camino del poder (1909), insiste en varias ocasiones sobre la idea de que la revolución proletaria es “irresistible” e “inevitable”, “tan irresistible e inevitable como el desarrollo incesante del capitalismo”, lo cual le conduce a esta conclusión asombrosa, a esta frase notable y transparente, que resume de modo admirable toda su visión “expectante” de la historia: “El partido socialista revolucionario no es un partido que hace revoluciones. Sabemos que nuestros fines no pueden ser cumplidos más que por una revolución, pero sabemos también que no está en nuestro poder hacer la revolución, como no está en el poder de nuestros adversarios impedirlo. Por consiguiente, jamás hemos pensado en provocar o preparar una revolución (8).

    Sobre todo a partir de la revolución rusa de 1905, Rosa Luxemburgo comenzó a alejarse políticamente de Kautsky y a criticar cada vez más la concepción “rígida y fatalista” del marxismo que consiste en “aguardar con los brazos cruzados a que la dialéctica histórica nos traiga sus frutos maduros” (9). Hacia 1909-1913, su polémica con Kautsky sobre la huelga de masas cristaliza las divergencias teóricas latentes en el interior de la corriente marxista ortodoxa de la socialdemocracia alemana. En apariencia, la crítica de Rosa tiene por objeto principal el carácter puramente parlamentarista de la “estrategia de agotamiento” (Ermattungstrategie) preconizada por Kautsky. Pero a un nivel más profundo, es todo el “radicalismo pasivo” de Kautsky (Pannekoek dixit), su fatalismo seudorrevolucionario lo que se somete a discusión por Rosa. Frente a esta teoría expectante, en la que la fe obstinada en la victoria electoral parlamentaria “inevitable” no era sino una de las manifestaciones políticas, Rosa desarrolla su estrategia de la huelga de masas fundada sobre el principio de la intervención consciente: “La misión de la socialdemocracia y de sus jefes no consiste en ser arrastrados por los acontecimientos, sino en adelantarse a ellos conscientemente, en abarcar con la mirada el sentido de la evolución y en abreviar esta evolución por una acción consciente, y acelerar su marcha” (10).

    Sin embargo, hasta 1914 no es completa la ruptura con Kautsky y con el “fatalismo socialista”. Como lo demuestra el pasaje mismo que acabamos de citar, no hay para Rosa más que un “sentido de la evolución”, que se trata tan solo de “abreviar” y de “acelerar”. Fue preciso la catástrofe del 4 de agosto de 1914, la capitulación vergonzosa de la socialdemocracia alemana a la política de guerra del Kaiser, la dislocación de la Internacional y el alistamiento de las masas proletarias en esa inmensa matanza fraticida llamada “la Primera Guerra Mundial” para hacer vacilar en Rosa la convicción profundamente arraigada del advenimiento necesario e “irresistible” del socialismo. A partir de este traumatismo es cuando Rosa Luxemburgo escribe, en 1915, en el folleto “Junius”, esta fórmula notablemente revolucionaria (en el sentido teórico y político a la vez): “socialismo o barbarie”. Esto quiere decir: no hay una sola “dirección del desarrollo”, un solo “sentido de la evolución”, sino varios. Y el papel del proletariado, dirigido por su partido, no es simplemente “apoyar”, “abreviar” o “acelerar” el proceso histórico, sino decidirlo.

    “Los hombres no hacen arbitrariamente su historia, pero son ellos quienes la hacen... La victoria final del proletariado socialista... no puede cumplirse si de toda la masa de las condiciones acumuladas por la historia no brota la chispa animadora de la voluntad consciente de la gran masa popular.... Friedrich Engels dijo en cierta ocasión: la sociedad burguesa se encuentra ante un dilema, o el progreso hacia el socialismo o la regresión a la barbarie... Nosotros nos encontramos hoy, pues, exactamente como Friedrich Engels lo había previsto hace una generación, hace 40 años, ante la opción: o el triunfo del imperialismo y la caída de toda la civilización como en la antigua Roma: despoblación, destrucción, degeneración, un vasto cementerio, o la victoria del socialismo, es decir, la acción consciente de lucha del proletariado internacional contra el imperialismo y su método: la guerra. He aquí el dilema de la historia mundial, una alternativa en la que los platillos de la balanza oscilan ante la decisión del proletariado consciente” (11).

    En la primera frase del Manifiesto, Marx subraya que la lucha de clases ha terminado siempre “o bien por un trastorno revolucionario de toda la sociedad, o por la ruina (Untergang) común de las clases en lucha”. Es probablemente en este pasaje en el que se inspira Rosa cuando habla de la caída de la civilización en la antigua Roma como precedente de la vuelta a la barbarie. Pero no hay, que sepamos, ninguna indicación en toda la obra de Marx de que esta alternativa, que él presenta en el Manifiesto como la comprobación de un hecho pasado, también sea para él valedera como posibilidad para el futuro.

    En cuanto a la frase de Engels a que Rosa Luxemburgo hace referencia, se trata sin duda de un pasaje del Anti-Duhring (publicado en 1877, es decir, casi cerca de 40 años antes de aquél en que Rosa escribía) que ella trataba de reconstituir de memoria (no teniendo en la prisión acceso a su biblioteca marxista). He aquí, pues, el texto de Engels donde aparece por primera vez la idea del socialismo como una alternativa en un gran dilema histórico: “...las fuerzas productivas producidas por el moderno modo de producción capitalista cuanto el sistema de distribución de bienes por él creado han entrado en hiriente contradicción con aquel modo de producción mismo, y ello hasta tal punto que tiene que producirse una subversión de los modos de producción y distribución que eliminen todas las diferencias de clase si es que la entera sociedad moderna no tiene que perecer” (12).

    La diferencia entre el texto de Rosa y el de Engels es evidente: 1) Engels plantea el problema, sobre todo, en términos económicos; Rosa, en términos políticos; 2) Engels no suscita la cuestión de las fuerzas sociales que pueden decidir sobre uno u otro resultado: en todo el texto no se saca a escena más que fuerzas y relaciones de producción. Rosa, en cambio, subraya que es la intervención consciente del proletariado lo que hará “inclinarse la balanza” de un lado o de otro; 3) Se tiene claramente la impresión de que la alternativa planteada por Engels es más bien retórica, que se trata más de una demostración por el absurdo de la necesidad del socialismo que de una alternativa real entre el socialismo y el perecer de la sociedad moderna.

    Parece ser, por lo tanto, que en último análisis, fue la propia Rosa Luxemburgo quien (inspirándose en Engels) estableció explícitamente, por primera vez, el socialismo no como el producto “inevitable de la necesidad histórica, sino como una posibilidad histórica objetiva. En este sentido, la consigna “socialismo o barbarie” significa que, en la historia, la suerte no está echada. La “victoria final” o la derrota del proletariado no están decididas de antemano por las “leyes de bronce” del determinismo económico, sino que dependen también de la acción consciente, de la voluntad revolucionaria de ese proletariado.

    ¿Qué significa “barbarie” en la consigna luxemburguiana? Para Rosa, la propia guerra mundial era una forma esporádica de vuelta a la barbarie, de destrucción de la civilización. Es, pues, innegable que para toda una generación, en Alemania y en Europa, la previsión de Rosa se reveló trágicamente verdadera: el fracaso de la revolución socialista en 1919 condujo, en último término, al triunfo de la barbarie nazi y a la Segunda Guerra Mundial.

    Sin embargo, en nuestra opinión, el elemento metodológicamente esencial en la consigna del folleto Junius no es la barbarie como única alternativa del socialismo, sino el principio mismo de una alternativa histórica, el principio mismo de una historia “abierta “, en la cual el socialismo es una posibilidad entre otras. Lo importante, teóricamente decisivo en la fórmula, no es la “barbarie” sino el “socialismo...”

    2. Sobre todo, el socialismo es para Rosa una posibilidad objetiva, es decir, fundada sobre lo real en sí, sobre las contradicciones internas del capitalismo, sobre las crisis y sobre el antagonismo de los intereses de las clases. Son las condiciones económico sociales las que determinan, en última instancia y a largo plazo, el socialismo como posibilidad objetiva. Ellas son las que trazan los límites del campo de lo posible: el socialismo es una posibilidad real a partir del siglo

    Esta categoría de posibilidad objetiva es inminentemente dialéctica. Hegel la emplea para criticar a Kant (posibilidad real contra posibilidad formal) y Marx la utiliza en su tesis de doctorado para distinguir entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y de Epicuro: “la posibilidad abstracta es precisamente la antípoda de la posibilidad real, esta última, como la razón, está encerrada dentro de límites precisos, la otra, como la imaginación, no conoce límites”. La posibilidad real trata de demostrar la realidad de su objeto; para la posibilidad abstracta es preciso simplemente que este objeto sea concebible (13).

    Es, pues, porque existen contradicciones objetivas en el sistema capitalista y porque corresponde a los intereses objetivos del proletariado por lo que el socialismo es una posibilidad real. La infraestructura, las condiciones históricas concretas son las que determinan cuáles de las posibilidades son reales; pero la decisión entre las diversas posibilidades objetivas depende de la conciencia, la voluntad y la acción de los hombres.

    La praxis revolucionaria, el factor subjetivo, la intervención consciente de las masas, guiadas por su vanguardia, alcanza ahora un status completamente distinto en el sistema teórico de Rosa. No se trata ya de un elemento secundario que haya de “apoyar” o “acelerar” la macha “irresistible de la sociedad”. No se trata ya del ritmo, sino de la dirección del proceso histórico. La “chispa animadora de la voluntad consciente” no es ya un simple factor “auxiliar”, sino el que tiene la última palabra, el que es decisivo (14).

    Sólo en 1915, el pensamiento de Rosa deviene verdaderamente coherente. Si se acepta la premisa kautskiana de la inevitabilidad del socialismo, es difícil sustraerse a una lógica política expectante y pasiva. Mientras Rosa no justificaba sus tesis sobre la intervención revolucionaria más que por la necesidad de “acelerar” lo que era de todos modos inevitable, Kautsky podía fácilmente denunciar su estrategia como “impaciencia de rebelde” (rebellische Ungeduld). La ruptura metodológica definitiva entre Rosa Luxemburgo y Kautsky no se produce hasta 1915, a través de la consigna “socialismo o barbarie” (15).

    Agreguemos que en Lenin y Trotsky ocurrió una evolución teórica del todo semejante: bajo el impacto traumático de la quiebra de la Segunda Internacional, Lenin rompió no sólo a nivel político sino también a nivel metodológico con Kautsky (de quien se consideraba hasta entonces discípulo). Es el descubrimiento en 1914-15 de la dialéctica hegeliana (los Cuadernos filosóficos) y la superación del materialismo evolucionista vulgar de Kautsky y Plejanov, superación que constituye la premisa metodológica de las tesis de abril de 1917 (16). En cuanto a Trotsky, en sus primeros escritos, como ocurre en Nuestras tareas políticas (1904), se proclama convencido “no sólo del crecimiento inevitable del partido político del proletariado, sino también de la victoria inevitable de las ideas del socialismo revolucionario en el interior de ese partido” (17), esperanza fatalista ingenua que iba también a decepcionarlo cruelmente en agosto de 1914... Meses después del comienzo de la guerra mundial, en un folleto publicado en Alemania, La Guerra y la Internacional (1914) –folleto que fue precisamente leído por Rosa Luxemburgo-, plantea ya Trotsky el problema en otros términos completamente distintos: “El mundo capitalista se enfrenta a la alternativa siguiente: o bien la guerra permanente... o bien la revolución proletaria” (18). El principio metodológico es el mismo de la consigna luxemburguiana, pero la alternativa es diferente y quizá todavía más realista, a la luz de la experiencia histórica de los últimos cincuenta años (dos guerras mundiales, dos guerras de Estados Unidos en Asia, etcétera).

    Al atribuir a la voluntad consciente y a la acción un papel determinante en la decisión del proceso histórico, Rosa Luxemburgo no niega en modo alguno que esta voluntad y esta acción estén condicionadas por todo el desarrollo histórico anterior, por “toda la masa de las condiciones materiales acumuladas por la historia”. Se trata, sin embargo, de reconocer al factor subjetivo, a la esfera de la conciencia, al nivel de la intervención política, su autonomía parcial, su especificidad, su “lógica interna”, y su eficacia propia.

    Ahora bien, nos parece que esta comprensión del papel subjetivo, voluntario y consciente, es precisamente una de las principales premisas metodológicas de la teoría del partido de Lenin, el fundamento de su polémica con los economistas y los mencheviques. Así, a pesar de todas las divergencias innegables que continúan existiendo, incluso después de 1915, entre Rosa Luxemburgo y Lenin, en cuanto a la problemática partido/masas, hay un acercamiento real, tanto en la práctica (constitución de la Liga Spartacus) como en la teoría: el folleto Junius proclama explícitamente que la intervención revolucionaria del proletariado, “apoderándose del timón de la sociedad”, se hará “bajo la dirección de la socialdemocracia”. Y, naturalmente, no se trata de la vieja socialdemocracia internacional que fracasó miserablemente en 1914, sino de una “nueva internacional obrera”, que tomaría “la dirección y la coordinación de la lucha de clases revolucionarias contra el imperialismo mundial” (19). La significativa evolución de las ideas de Rosa Luxemburgo al respecto la revela un hecho sintomático: en una carta a Rosa, en 1916, Karl Liebknecht critica su concepción de la Internacional como “demasiado centralista-mecánica”, con demasiada ‘disciplina’, y demasiado poca espontaneidad”, un eco lejano y paradójico de las críticas que la propia Rosa, en el pasado y en otro contexto, había hecho a Lenin (20).

    7- Kautsky había sido ya en su juventud un entusiasta discípulo de Darwin y en su última obra, La concepción materialista de la historia (1927), proclama todavía que su fin es encontrar las leyes que son comunes “a la evolución humana, animal y vegetal”.

    Cf. También el programa de Erfurt del Partido Socialdemócrata alemán (1891), redactado por Kautsky y que presenta al socialismo como un “naturnotwendiges Ziel”, un fin resultante de una “necesidad natural”.

    12- Engels, Anti-Duhring, París, Sociales, 1950, pág. 189, destacado por nosotros. (Ed. esp. México, Grijalbo, 1964, pág. 150,) Cf. También pág. 197 (pág. 158): “... sus propias fuerzas productivas han rebasado el alcance de su dirección y empujan a toda la sociedad burguesa, como con necesidad natural, hacia la ruina o la subversión”.

    13- Marx, “Differenz der demokritischen und epikurischen Naturphilosophie”, en Texte zu Methode und Praxis, I, Rohwolt, 1966, pág.144. En Luckács, en Historia y Conciencia de clase, la conciencia revolucionaria del proletariado aparece precisamente bajo la forma conceptual de una posibilidad objetiva.

    15- En 1915, la fe de Rosa en el porvenir de la humanidad se presenta, pues, en cierta medida, al modo de la apuesta pascaliana: riesgo, posibilidad de fracaso, esperanza de éxito, en un “juego” en el que se compromete la vida por un valor transindividual. La diferencia con Pascal está, naturalmente: a) en el contenido de ese valor, y b) en su fundamentación objetiva en Rosa Luxemburgo. Véase al respecto Lucien Goldmann, Le dieu caché, París, Gallimard, 1955, págs. 333-337 (hay ed. esp.), quien compara la apuesta pascaliana con la apuesta marxista.






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